Todo queda en casa


 Gabriel Tortellá
(Catedrático de Universidad).
(El País, 8/04/2001)

¿Qué tiene de malo la endogamia universitaria? ¿No es bueno que a medida que a un departamento se sumen nuevas generaciones sean los allí formados los que recojan el testigo, bien compenetrados con el ambiente y los métodos de trabajo? La respuesta categórica es ‘no’. No hay endogamia buena y endogamia mala: la endogamia universitaria es toda mala en cualquier caso. Tampoco hay incesto bueno e incesto malo, aunque se pudiera argumentar que nada mejor que dos hermanos, o madre e hijo, o hija y padre, para constituir un matrimonio bien avenido. Al fin y al cabo, comparten valores, costumbres y genes.

La endogamia es mala porque no se puede ser buen universitario sin haber trabajado en centros distintos, a ser posible bien alejados geográfica y científicamente. La enclaustración monacal estará muy bien en el mundo de la mística, pero no en el de la ciencia. Un buen universitario no puede adolecer de lo que Bertrand Russell llamaba ‘el dogmatismo de los que no viajan’. Existe además el peligro de las fidelidades personales. El profesor que lo debe todo a su maestro no es un verdadero universitario, y existe el peligro de que carezca de verdadera independencia de juicio, que es más importante en la Universidad que la simple acumulación de saber. Por eso están consagrados en el mundo académico los intercambios, los sabáticos y demás instrumentos de ampliación de horizontes científicos. Y también por eso, el artículo 37 de la LRU establece que no podrían concursar a plazas de profesor titular quienes hubieran estado contratados más de dos años en la propia universidad convocante de la plaza. El precepto está redactado de manera muy débil y admite excepciones que, por supuesto, han dado lugar a toda clase de corruptelas. Pero la motivación es la correcta.

Incentivos perversos. Sin embargo, el propio mecanismo de la ley ha creado toda una serie de incentivos perversos que favorecen la endogamia. No es sólo el amiguismo, tan arraigado en la sociedad española; hay también motivos políticos y económicos. Si una oposición la gana el candidato de fuera, el de casa permanece en su puesto (¿quién despide a la pobre víctima, uno de los nuestros?), y donde había que pagar un sueldo, ahora hay que pagar dos. Por otra parte, si al rector se le ocurriera la locura de intentar que la oposición no estuviera amañada en favor del candidato de casa, por ejemplo, nombrando a los miembros de la comisión con arreglo a la ley (es decir, con ‘criterios objetivos y generales’ que ‘garanticen la igualdad de condiciones de los candidatos’, no permitiendo, por tanto, que los designe el de casa, como se hace ahora), se encontraría con dos graves problemas: el primero, económico, que ya hemos visto; el segundo, el político. Porque un rector que hiciera la quijotada de imponer la ley y la ética por encima de los chalaneos de los departamentos iba a durar muy poco en su puesto, al haberse granjeado la enemiga de los barones departamentales, los ‘grandes electores’. A esta abyecta dependencia de los rectores con respecto a las camarillas la llaman los interesados ‘autonomía universitaria’.

La consecuencia de este mecanismo aberrante es que los mediocres logran los puestos y los buenos investigadores pasan a enriquecer las universidades extranjeras, más flexible e inteligentemente organizadas. Apenas hay ningún campo científico hoy donde se pueda ser competente sin haber hecho estudios en una universidad anglosajona, escandinava o germana. Pero los que cometen la temeridad de intentar superarse ponen en gravísimo peligro su carrera en España: su puesto quedará casi invariablemente ocupado por el calientasillas que se queda a repetir un programa y trabajarse a los caciques. La prueba de esto es que nueve de cada diez puestos se han cubierto en las universidades españolas con candidatos locales. En ningún otro país donde se recopilen estadísticas de este tipo es tan alta la endogamia. En Estados Unidos, en concreto, la proporción viene a ser la inversa: sólo un 10% de los profesores se recluta en casa. Estas cifras son conocidas y contribuyen al desprestigio internacional de nuestras universidades. Huelga decir que la endogamia defrauda a estudiantes y contribuyentes y lastra nuestro futuro intelectual y económico.

Soluciones. ¿No hay salida? Puede haberla. Una solución de la que se habla mucho estos días es la ‘habilitación’, el requerir un examen nacional (o estatal), sustraído de los trapicheos locales, que ‘habilite’ a los candidatos. Las universidades sólo podrían contratar a profesores habilitados. Esta solución, de inspiración alemana, se viene discutiendo aquí desde hace muchos años. A los beneficiarios del sistema endogámico, la habilitación les parece un atentado a la sacrosanta autonomía. Es un sofisma: están defendiendo sus fuentes de poder. La pretendida autonomía universitaria no se da en España, donde el 80% de los ingresos de la universidades proviene de subvenciones estatales en función del número de estudiantes, y no de la calidad de los centros. Con este sistema, la Universidad de Harvard obtendría mucho menos apoyo estatal que cualquier monstruo masificado, porque tiene pocos estudiantes. Con este sistema, una universidad no se ve perjudicada por tener un claustro de mediocres, y cuanto más autónoma, es decir, cuanto más sujeta a los intereses de los caciques departamentales, mayor será su coeficiente de mediocridad.

La habilitación debiera ir complementada por un sistema de subvención a las universidades que estuviera relacionado con su calidad. Hay muchos indicadores de calidad que se podrían combinar, pero los méritos científicos de los profesores constituyen quizá el más importante. En España funciona desde hace más de diez años una Comisión Evaluadora de la Actividad Investigadora del profesorado cuyos informes podrían perfectamente utilizarse como indicador de la excelencia universitaria. Quizá si percibieran claras ventajas económicas en contratar buenos profesores comenzaran las autoridades académicas a exigir que se aplicaran la ley, la lógica y la ética en la selección del profesorado.

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