LOS PROFESORES HUECOS Y “EL FIN DEL CONOCIMIENTO”


José Carlos Bermejo Barrera: Los profesores huecos y “el fin del conocimiento”

Si tuviésemos que acuñar un lema que pueda describir a la sociedad española actual, podríamos pedir prestado a Chris Hedges el título del libro con el que ganó el Premio Pulitzer del año 2009: El imperio de la ilusión. El fin de la cultura y el triunfo del espectáculo (Hedges, 2009), puesto que las sociedades española y americana, que al fin y al cabo no son más que dos partes del complejo mundo del capitalismo global, son semejantes en muchos aspectos.

La sociedad española del año 2011 está fuertemente condicionada, en efecto, por la existencia de una auténtica red de desinformación construida por los grandes medios de comunicación, tal y como ha analizado Max Otte (Otte, 2010), que no necesitan necesariamente mentir de un modo palmario o dar noticias falsas, sino construir una estructura de la información en la que el mejor modo de ejercer el control es administrar las correspondientes dosis de silencio a todas aquellas noticias o personas cuya presencia o cuya existencia pudiese poner en peligro el discurso que se plasma en los medios de comunicación impresos, digitales o audiovisuales.

Esa estructura informativa se articula, según Hedges, en cinco ilusiones o apariencias: la apariencia de la cultura, la apariencia del amor, la apariencia del saber, la apariencia de la felicidad y la apariencia de la nación. Todas ellas se basan en la creación y difusión masiva de imágenes, eslóganes y patrones discursivos que tienen dos propósitos fundamentales: dar la sensación de que agotan el mundo y describen la realidad, y silenciar y apagar cualquier posibilidad de debate real, de discusión o de disidencia.

En el imperio de la ilusión, uno de cuyos elementos en España es el llamado “proceso de Bolonia”, al que C. Hedges llamaría la “ilusión de la sabiduría”, son fundamentales los componentes siguientes. En primer lugar, conquistar el control absoluto de los mecanismos de generación de la información en un mundo en que se supone que existe el libre mercado, y la libertad de opinión, expresión y prensa. En segundo lugar, acuñar eslóganes vacíos que parezcan esconder la clave más profunda del acceso a la realidad, pero que de hecho no son más que mera propaganda, diseñada por expertos en marketing, ya sea comercial, político o cultural. En tercer lugar, empobrecer el lenguaje mediante la reducción del vocabulario, la simplificación de las formas de razonamiento y la anulación de la capacidad de reflexión y diálogo. En cuarto lugar, crear un sistema de metáforas que permitan describir ese mundo de apariencias, y en esas metáforas en España desempeña un papel esencial el fútbol, cuya presencia en los medios de comunicación es desproporcionada, ya sea en el tiempo que ocupa en los informativos generales de radio o televisión, o en las páginas de la prensa no deportiva, y que se ha convertido en la forma básica del pensamiento de la que políticos e intelectuales extraen gran parte de sus símiles cuando pretenden explicar una verdad profunda. Y por último, crear un espacio cerrado de silencio, al que se condena a todas aquellas personas, acontecimientos y realidades cuya sola presencia pudiese poner en peligro el imperio de la ilusión, puesto que su mera existencia podría resultar hiriente, en tanto que no se pueda justificar, ni muchos menos explicar.

El imperio de la ilusión es el imperio de la superficialidad, y al servicio de ella se pueden poner increibles medios técnicos, informáticos, electrónicos o de otro tipo, cuya complejidad, perfección y eficacia se utilizan como coartada para señalar el interés y la profundidad de los mensajes, los conceptos y las palabras de estos discursos banales, siendo ambas cosas perfectamente compatibles.

En el imperio de la ilusión que en nuestro caso encarna el llamado “proceso de Bolonia”, se han dado una serie de transformaciones económicas e institucionales de la educación superior española que nadie sabría definir, pero que se ofrecen bajo una máscara de modernidad, renovación y transformación global. Y en él los mecanismos de desinformación están funcionando de un modo magistral, cumpliendo todos y cada uno de los parámetros anteriores.

En primer lugar se ha conseguido monopolizar los mecanismos de generación y difusión de la información dentro de un marco académico en el que se afirma que existen formas democráticas de gobierno y en el cual todos los profesores, alumnos y personal administrativo pueden expresarse libremente.

En segundo lugar se han creado lemas vacíos, necesarios para ocultar el verdadero propósito del llamado proceso, como son las ideas de la necesidad de ajustar las universidades a la demanda del mercado y la empresa, que por otra parte poco parecen necesitarlas; la idea de que toda reforma solo debe ser formal y no tener contenido, que se ha aplicado magistralmente en la elaboración y en los mecanismos de verificación y comprobación de grados, másteres y en los sistemas de evaluación del profesorado y de sus publicaciones, que siempre han de ser valoradas sin ser leídas ni discutidas, sino solo por el contexto externo, por el lugar en el que se sitúan.

En tercer lugar se ha empobrecido el uso del lenguaje y se han anulado la capacidad de pensar y de analizar con sentido crítico ningún aspecto de la realidad. En ese proceso está siendo parte fundamental el notorio desprecio por los libros, sean del tipo que sean, que muestran las autoridades académicas españolas, y que comparten muchos profesores y la mayoría de los alumnos (que al fin y al cabo son instruidos por sus maestros).

El desprecio por los libros se está plasmando en una política muy clara y cuantitativamente comprobable de empobrecimiento de las bibliotecas universitarias y sus adquisiciones, en la decadencia de la edición científica y universitaria en general, y en el descenso del préstamo de libros en las bibliotecas universitarias, registrable informáticamente. Los libros son despreciados por las autoridades académicas, los profesores y los alumnos, porque se dice de ellos que con ellos no se crea la ciencia, lo que se hace solo con los papers de las revistas de referencia. Se dice también que los científicos no escriben libros, lo que es cierto en España, pero no en otros países más desarrollados académicamente, como los EE.UU., Alemania, Inglaterra o Francia, países que controlan los mercados de la edición universitaria internacional. Y también se afirma que todo lo que se puede encontrar en los libros está ya en internet, razón por la cual los libros desaparecerán muy pronto.

Hay muchas cosas en internet: por ejemplo, el 50% de su contenido es pornografía, como señala Hedges (Hedges, 2009, pp. 55/ 87), lo que responde a una cierta demanda del mercado y cumple una función al servicio de la sociedad. En internet están las revistas científicas, que no se pueden consultar gratuitamente, sino a precios desorbitados impuestos por las tres multinacionales que controlan ese tipo de mercado, y en internet también hay miles y miles de libros. Un libro es un libro, ya esté grabado en piedra, arcilla, pergamino, papel o en un soporte electrónico. Un libro es un texto más o menos largo y complejo que exige un esfuerzo de lectura y comprensión, ya sea siguiendo un relato, un argumento, un discurso o una demostración matemática. El desprecio hacia los libros que se están implantando en España dentro del llamado “proceso de Bolonia” no puede ser un desprecio al papel impreso, sino que en realidad es un desprecio al pensamiento.

En el uso de internet, como han analizado Nicholas Carr y Franck Frommer (Carr, 2011; Frommer, 2011), se puede caer bajo el dominio de la superficialidad. Los programas informáticos facilitan la búsqueda de datos previamente registrados y detectables mediante programas de búsqueda (los no registrados ni detectables pasan simplemente a no existir), por lo cual quien controla el registro y el patrón de búsqueda controla y crea la realidad. En una búsqueda de datos de tipo x con un programa y, todos los usuarios acaban por hallar los mismos datos, razón por la cual intenet puede ser un instrumento esencial a la hora de uniformizar el pensamiento. Y es por eso por lo que los diseñadores del “proceso de Bolonia” admiran al Gran Hermano de internet.

Por otra parte internet, como señalan N. Carr y F. Frommer, privilegia la conectividad sobre el flujo lineal mediante el uso constante de links, cada vez más breves, más numerosos, que obligan a desplazar constantemente la atención y a abandonar la trama narrativa, discursiva o demostrativa, haciendo que el internauta pueda perderse por los caminos del bosque. Internet y todas las herramientas digitales existentes, cuyo diseño es el fruto del trabajo, el esfuerzo y la inteligencia, son eso, herramientas utilizables para un fin, mejor o peor, según la inteligencia y los conocimientos de quien las utilice. En España, por el contrario, y en el “proceso de Bolonia” en concreto, internet es la bandera bajo la que se está predicando el odio al pensamiento, a la inteligencia y al espítitu crítico, y bajo la que se pretenden uniformizar y someter a las comunidades académicas dentro de un común molde de mediocridad.

En el universo mental que se está implantando en España el complemento esencial de internet es el fútbol, que se ha convertido en la forma básica de la comunicación y en la forma más compleja de pensamiento. Y ello es así porque el fútbol exige la acumulación e interpretación personal de la información en un proceso continuo: la liga. Y para entender esa liga es necesario manejar múltiples variantes, partidos, combinaciones, fichajes, opciones posibles de futuro, estrategias, y manejar una memoria personal de conocimientos de otras ligas. Además, como el resultado de un partido no puede ser predicho ni es calculable, sino que en gran parte es fruto del azar, el análisis del fútbol no puede ser llevado a cabo a través de programas informáticos diseñados a base de algoritmos, sino gracias a la intuición e inteligencia personales, razón por la cual parece haberse convertido en España en el único campo en donde el pensamiendo personal puede desempeñar algún papel, aun dentro de un deporte de masas notoriamente alienante, y que puede servir como un mundo perfecto que cada fin de semana nos permite alejarnos de la realidad, para volver a aceptarla el lunes.

El fútbol proporciona a las autoridades académicas sus metáforas básicas: “fichajes de científicos”, “ligas” en la que se consigue un premio, en su caso la excelencia, “rankings” de revistas, de citas, “cracks” en las diferentes especialidades, premios, recompensas constantes y triunfos científicos, que son los equivalentes de las diferentes copas, “marcas” de universidad, similares a los nombres de los grandes de la liga… Y todo ello en un país en el que el deporte no desempeña ningún papel en la vida académica, al contrario que en EE.UU. (Bok, 2010; Ginsberg, 2011) donde el deporte universitario es fundamental en algunas ligas y constituye una parte de los ingresos de sus universidades. Sin embargo que secretari@os de Estado, ministr@s o rector@es muestren tal admiración por las metáforas deportivas no es en modo alguno contradictorio, a pesar de que no exista en España el deporte universitario de alta competición, porque también muestran una admiración absoluta por el mundo de la empresa, siendo todos ellos funcionarios públicos. Lo hacen porque se limitan a repetir el discurso dominante del imperio de la ilusión.

Por último, en el “proceso de Bolonia” se está administrando también magistralmente el silencio, gracias a la asfixia informativa, que se hizo posible por la total coincidencia de las ideas, los propósitos y las estrategias de la educación superior de los grandes partidos, PP y PSOE, y de los principales sindicatos que colaboraron en la construcción de un sistema que comienza a volverse en su contra al iniciarse un nueva etapa de crisis económica, pero del que han sido también sus grandes beneficiarios.

El silencio de Bolonia se aplica a los escasísimos profesores disidentes, a los movimientos estudiantiles, que pasan a ser considerados como amenazas para el orden público y a los que se ha asfixiado mediante la creación el día 31 de diciembre del año 2010 de un Consejo del estudiante universitario a nivel estatal, único y obligatorio órgano reconocido de diálogo estudiantil, que preside nada más ni nada menos que el ministr@ de Educación, y que ha sido aceptado sorprendentemente sin ningún tipo de resistencia por estudiantes y profesores. Y ese mismo silencio se quiere aplicar al pasar a considerar a los profesores que no quieren entrar en este sistema como “viejos”, “anticuados”, “incapaces de realizar el esfuerzo que Bolonia exige” y torpes porque no son capaces de entender que una gran reforma de la educación superior no debe tener contenido, sino solo forma, que los protocolos han de ser seguidos por todos porque son perfectos, como perfecto es el sistema – disfuncional, costoso, inútil y además basado en la doble moral que afirma que no pasa nada si no se cumple – en donde los nuevos profesores “jóvenes”, en edad o en “mente” si son quienes mandan y ya tienen sus años, se reconocen mutuamente en ese nuevo imperio de la felicidad académica, solo amenazable por el cierre del grifo del dinero público.

El discurso del “proceso de Bolonia” es un discurso vacío y que choca frontalmente con la realidad de las universidades españolas, públicas en su mayoría, que viven al margen del mercado y la sociedad, disfuncionales en su distribución, faltas de planificación e instrumentos al servicio de sus profesores. Pero es partiendo de ese mismo discurso como esas mismas universidades han ido cavando la fosa para sus ataúdes, cuando el discurso neoliberal que tanto admiran les sea aplicable en realidad, y cuando tengan que enfrentarse a la realidad de un mercado con cuatro millones de parados y a una sociedad y a un país por el que no hacen ya prácticamente nada, al haber relegado a un segundo plano su función docente.

El “proceso de Bolonia” ha tenido un propósito fundamental: sentar las bases para una reconversión radical de las universidades, gracias a la connivencia, a la torpeza y a la falta de dignidad académica de la mayor parte de sus profesores que lo han aceptado por inercia, por ignorancia y pensando, en algunos casos, que ellos iban a ser sus grandes beneficiarios. Veamos cómo.

Para comprender lo que está ocurriendo en las universidades españolas debemos tener en cuenta que en éstas se ha producido una gigantesca disonancia cognitiva, ya que se ha definido como transformación radical lo que no fue sino una espectacular vuelta atrás. Una vuelta atrás que ha consistido en crear unas universidades burocratizadas hasta la esclerosis, aisladas de la realidad, incapaces de analizarse a sí mismas, gracias a los patrones de medición que ellas mismas diseñan para impedirlo, y formadas por profesores sumisos, que aceptan sin crítica todo tipo de disciplina, que se están quedando al margen de la evolución real de sus verdaderos saberes, y que se ven cada vez más controlados y vapuleados por unas complejísimas tramas de control y gobierno que van siendo copadas por las únicas personas que pueden desenvolverse en ellas: los profesores que creen – y algunos de ellos con buena voluntad – en la uniformidad de los protocolos burocráticos e informáticos, que admiten que el pensamiento en sí mismo no tiene valor, sino solo lo que pueden ser sus signos externos, que toda disidencia es criticable, condenable, y cuando no reprimible, y que todo es perfecto en el imperio de la ilusión académica, siempre y cuando se siga recibiendo todo el dinero que se pide para estos fines prioritarios. Unos profesores cuyos cargos se incrementan desproporcionadamente, en el resto del mundo y en España, y que forman lo que Benjamin Ginsberg llama el mundo de los deanlets (“decanitos”) en la universidad omniadministrativa (Ginsberg, 2011), que concuerda con todas las características intelectuales, discursivas y normativas anteriormente señaladas.

La universidad española que va a nacer con el “proceso de Bolonia” no será un nueva universidad moderna, dinámica, actualizada en sus saberes, flexible y adaptada a las necesidades sociales y económicas de su entorno, sino por el contrario una universidad burocrática, rígida, aislada del mundo real, autocomplaciente, incapaz de analizarse a sí misma críticamente y dispuesta a aplastar progresivamente cualquier tipo de disidencia, mediante el silencio, o con medios disciplinarios, como los que se anuncian para los estudiantes como complemento del Real Decreto que crea el Consejo del estudiante universitario (BOE 31-XII-2010), cuya cara B será un nuevo reglamento de disciplina académica.

La nueva universidad española se va a parecer más al mundo de la Restauración borbónica de fines del siglo XIX y comienzos del XX que al de las universidades de investigación alemanas o anglosajonas, o al de las universidades del nuevo mercado capitalista (Slaughter y Rhoades, 2010; Newfield, 2003 y 2008), que se basan cada vez más en profesores precarios, unidos al proceso creciente de digitalización de los contenidos y al paso a la enseñanza virtual, que no necesita de profesores fijos con salarios elevados, sino solo de tutores.

Ello es así porque el “proceso de Bolonia” ha creado una nueva mentalidad académica en la que se exacerban todas las características de la mentalidad burocrática y que está consiguiendo crear unas nuevas élites académicas, no basadas en el saber, ni en la jerarquía del conocimiento, sino en su capacidad de manejar protocolos fijos y a la par de desarrollar un doble discurso mediante el cual su habilidad meramente cortesana que les permite moverse en un mundo cerrado, como es el mundo universitario, se convierte en el mecanismo básico de la generación y el reconocimiento de la distinción académica. Veámoslo punto por punto.

Sociológicamente considerados, los burócratas tienen las siguientes caracterísiticas: a) poseen la capacidad técnica de desarrollar un proceso pautado racionalmente en el campo de la administración y el gobierno; b) desarrollan sus funciones de un modo neutro y objetivo, sin atender a favoritismos ni filiaciones políticas, económicas o sociales de cualquier tipo; c) admiten, respetan y admiran la jerarquía y la autoridad, pues sin ella su labor sería imposible; d) desean promocionarse en la pirámide burócratica; e) de esa promoción derivan la mayor parte de sus ingresos; f) renuncian a analizar críticamente, o no son capaces de hacerlo, ni su situación personal ni el propio sistema del que forman parte y con cuyos valores se identifican plenamente; g) admiten y apoyan el castigo y la represión de los enemigos de ese sistema, sean exteriores o interiores (Merton, 2002; Mosca, 1939; Mills, 1957; Wittfogel, 1966).

En el caso de la universidad burocrática del “proceso de Bolonia”, cada una de estas características se configura de un modo parcialmente perverso, puesto que lo que se hace a un nivel se niega en otro. Veámoslo punto por punto:

a) Las autoridades académicas, los profesores y los funcionarios universitarios españoles se componen básicamente – al igual que ocurre en todos los grupos sociales, las organizaciones y las empresas – de tres grupos: una minoría muy reducida de personas que destacan por sus conocimientos, sus capacidades y su inteligencia, una mayoría de personas capaces y competentes en su trabajo, un trabajo que realizan con toda la honradez posible, y una minoría de personas poco capaces, que se mueven a veces en los límites no solo de la competencia, sino de la honradez.

En un sistema burocrático racional es el grupo intermedio la columna vertebral de cada institución. Ese grupo admira a aquellos que considera que encarnan en el mejor grado los valores de la institución y la profesión, y considera que esas personas o bien son las que deben gobernar en un sistema burocrático pirámidal, o por lo menos deben ser objeto de respeto y consideración intelectual. En el “proceso de Bolonia” se está produciendo una perversión de este principio porque las capacidades de gobierno y administración responden a un doble lógica: se alaba el mercado desde la universidad pública, se predica la movilidad laboral desde el empleo fijo y se desvirtúa el papel de las universidades, al relegar los valores de la docencia a favor de un discurso supuestamente a favor de una investigación para el mercado, cuando el mercado no la demanda, sumándose a ello posibles mecanismos de distorsión económica mediante la creación y configuración de redes de empresas dentro de la universidad, a la que, desde un discurso del servicio público se acepta poner al servicio de los intereses (legítimos en su campo, pero no en el de la universidad) de las empresas privadas.

Todo ello supone una pérdida de la racionalidad burocrática, que es gravísima desde el momento en el que se construye sobre la función pública todo un discurso falso, el imperio de la ilusión, que la hace caer en el descrédito, dentro y fuera de las propias instituciones. Como dijo en una ocasión una autoridad académica, que por respeto no citaré, “nuestras normativas son de obligado cumplo y miento”, lo que le hizo merecedor del calificativo de cínico por parte de un alumno asistente en un acto en el que se debatía algo tan esencial para el futuro de la educación como lo es el máster docente.

b) Partiendo de esto será fácil comprender que la duda de que los funcionarios universitarios desempeñan su labor de un modo neutro y objetivo extiende cada vez más su negra sombra. La opinión pública española y la opinión mayoritaria en el mundo académico asume que no hay neutralidad en la universidad, que hay una doble moral muchas veces, que se ponen muchas veces las instituciones al servicio de intereses ajenos a sus fines y que parece estarse generando un río revuelto que favorecerá las ganancias de algunos pescadores en los mecanismos de creación de plazas, de promoción, de captación de fondos de investigación, e incluso en la creación de centros y construcción de edificios.

Todo ello se se está haciendo dentro de los márgenes que la ley permite. Lo que ocurre es que mucha gente pasa a creer que la ley en España y en sus universidades se puede manejar, e incluso manipular por quien es más habíl. La administración pública, como ya no es neutral y objetiva, pasa a ser el dominio de los listos, que en la universidad pasarían a dejar en la sombra a los inteligentes y a los que saben, pervirtiendo así el sentido de la institución, al incumplir flagrantemente este segundo criterio.

c) Al pervertirse el sentido de la institución, desde el momento en el que pierde su neutralidad, su eficacia, no responde a sus fines y abandona el conjunto de valores que son consustanciales a la existencia de toda institución, se destruyen los criterios de jerarquía y autoridad. El ascenso en la escala del poder en la pirámide burocrática deja de obedecer a las reglas propiamente académicas y se convierte en un campo de juego para personas o grupos de personas que consideran, en la universidad al igual que en la política española, que basta con moverse para acumular votos, recursos y controlar determinados órganos y protocolos de control investigador, docente o de captación de fondos para copar el poder académico y utilizarlo, si así se desea, para la propia promoción académica, social, económica o política.

Todo ello trae consigo una crisis de autoridad y legitimidad en el marco institucional y el desarrollo de un proceso que se conoce en sociología como la anulación y extinción de las élites, previo al desmoronamiento de un sistema institucional que pierde su legitimidad.

d) y e) Si se produce un proceso de deslegitimación de la autoridad, y dado que todos los funcionarios desean promocionarse dentro de sus instituciones, porque de ello derivan su satisfacción y su reconocimiento profesionales y personales, así como una mejora de su ingresos, el conjunto de los miembros de una insitución pasan a pensar que cualquiera puede desempeñar los cargos y ejercer la autoridad y que en último término todo el mundo lo hace solo por su propio interés profesional o personal o simplemente para enriquecerse, con lo cual la sombra de la corrupción se extiende sobre toda la función pública, tal y como está ocurriendo en España.

Por supuesto que esta acusación es injusta, tanto para la función pública como en concreto para la universidad en general, puesto que sigue habiendo en ella un núcleo básico de personas competentes, trabajadoras y honradas, así como de personas que ocupan cargos intentando lograr el bien común y mejorar la situación de la institución. Pero es lo mismo, la crisis de legitimidad de una institución basada en la burocracia, y sobre todo la crisis de autoridad dentro de la misma, arrastra a la institución en su conjunto, a menos que desde su interior aquellos que representan la parte sana alcen su voz ante la opinión pública, denuncien sus males y pidan su reforma y la aplicación de los mecanismos correctores, que sin duda ya existen, pero no se aplican.

Como esto no está ocurriendo en la universidad, su crisis de legitimidad se hace evidente. Pero es que además se pretende corregirla no haciéndola volver a su lógica institucional específica, basada en la función docente, sino con una reconversión neoliberal cuyas consecuencias son imprevisibles porque las universidades españolas no pueden sobrevivir en el mercado libre y mucho menos en el mercado salvaje. Los responsables de ello serán quienes han llevado a sus universidades a la situación en la que están y quienes están dispuestos a ponerlas al servicio de una serie de empresas de las que ellos mismos esperan obtener recompensas a costa de sus propias instituciones, de sus compañeros y basándose en la perversión del principio de promoción burocrático-racional.

f) La inmensa mayoría de los profesores españoles han renunciado a denunciar lo que está pasando en sus universidades, ya sea por miedo, por comodidad, por indiferencia, por resignación o por cinismo, o lo que es lo mismo, porque a algunos de ellos en este sistema les va francamente bien.

En el año 2011 hay menos nivel de disconformidad en los profesores españoles que en los últimos años del franquismo, en los cuales el movimiento de los PNN (profesores no numerarios) llegó a ser bastante crítico con el sistema. Y ya no digamos entre los años 1978 y 2000, aproximadamente, en los que el nivel de debate, crítica y confrontación fue muy elevado.

Sin embargo, desde el primer gobierno de José Mª Aznar la situación cambió notoriamente con la introducción de un sistema basado en la evaluación y los pequeños incentivos que poco a poco fue generando la situación actual. Como la política universitaria del PP fue seguida por todos y cada uno de l@s ministr@s de Zapatero, la práctica totalidad de la izquierda española asumió el mismo discurso neoliberal en su versión doble sobre la universidad que provenía de la etapa anterior y silenció todo tipo de crítica en aras de la defensa del supuesto socialismo, que encarnaba el gobierno estatal, o de las políticas y los intereses de los partidos nacionalistas que compartieron también el mismo discurso y los mismos propósitos.

En ese discurso los términos genéricos y vacíos fueron la clave para ocultar la realidad. Así por ejemplo se habló de “proceso” en vez de reforma, de “espacio” en lugar de sistema, de “mercados” en lugar de intereses financieros, de “recursos humanos” o de “capital humano” en vez de profesores, de “clientes “ en lugar de alumnos, de “investigación” uniforme para todo y para todos en lugar de creación de conocimiento, de “docencia” en lugar de enseñanza, de “proyectos competitivos” en lugar de proyectos concedidos por redes de funcionarios evaluadores, de “innovación” uniforme y siempre tecnológica y a ser posible digital, por simplificación y estandartización de la enseñanza, etc.

Ese discurso, como el discurso neoliberal en la economía, apela a conceptos abstractos porque así consigue hacer creer que tienen valor científico y neutro, a pesar de que, en el campo de la economía por ejemplo, ninguno de sus modelos haya funcionado desde el inicio de la crisis financiera. Lo mismo ocurre en la universidad, pero en ella el hecho ha sido más grave, ya que se supone que los profesores universitarios, como científicos, buscan desinteresadamente el conocimiento, lo ponen al servicio de la comunidad científica de modo público y son siempre escépticos, críticos y están dispuestos a cambiar constantemente sus modelos, dejando de ser científicos y profesores cuando no lo hagan. Pero lo han hecho; y:

g) Han pasado a apoyar el telón de silencio en el que se han visto envueltas las universidades y ellos mismos, siendo cómplices y culpables del mismo por omisión. Los científicos españoles, los profesores españoles, muchos de ellos excelentes profesionales, están aceptando un sistema burocrático que premia la mediocridad, que se basa en un lenguaje vacío, que a veces ni siquiera se creen quienes lo enuncian. Ellos mismos aceptan ser controlados y estar sometidos por quienes en muchos casos ni siquiera poseen los mínimos méritos científicos reconocidos, como se puede ver en tantos y tantos curricula de ministr@s, secrertari@s de estado, rector@s y todo tipo de cargos académicos. Aceptan las descalificaciones de quienes solo saben pronunciar palabras y lemas vacíos, de quienes son incapaces de argumentar, de hablar en público con corrección en muchos casos, razón por la cual huyen del debate e intentan siempre exponer su discurso en actos oficiales en los que solo ellos pueden hacer uso de la palabra.

Los científicos y profesores españoles en la inmensa mayoría de los casos asisten impertérritos, cuando no comparten, los lemas de quienes hablan del mercado sin entender el abc de la economía, de quienes creen que el uso de herramientas informáticas (en el que les podrían impartir un máster la mayoría de los adolescentes españoles) ha de ser la mayor aspiración de los profesores que progresivamente dejan de conocer sus materias, ya que desprecian los libros, la lectura y el auténtico trabajo intelectual.

Los científicos y profesores españoles en muchos casos ya no buscan el conocimiento sino solo publicar lo que se pide, y en la forma como se pide en las revistas que ellos controlan o en las que ellos publican. Y por ello gran parte de los científicos y profesores españoles están siendo corresponsables de ese proceso de extinción de las elites académicas, de promoción en algunos casos de mediocres a altos cargos, desde los cuales lo único que saben hacer es expresar su admiración por el dinero bajo el discurso del emprendimiento, y por el poder político bajo el discurso del interés social. Y desde los que están sentando las bases para una futura reconversión de la universidad de la que algunos de ellos esperan salvarse como las famosas ratas del dicho que abandonan siempre el barco justo antes del naufragio.

Referencias bibliográficas

Bok, D. (2010), Universidades a la venta. La comercialización de la educación superior, Valencia, Publicacions de la Universitat de València (Princeton University Press, 2003).

Carr, N. (2011), Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, Madrid, Taurus.

Frommer, F. (2011), El pensamiento PowerPoint. Ensayo sobre un programa que nos vuelve estúpidos, Barcelona, Península (París, 2010).

Ginsberg, B. (2011), The Fall of the Faculty. The Rise of the All-Administrative University and Why it Matters, Oxford, Oxford University Press.

Hedges, C. (2009), Empire of Illusion. The End of Literacy and the Triumph of Spectacle, Nueva York, Nation Books.

Merton, R.K. (42002), Teoría y estructura sociales, México, FCE (según la ed. de 1968).

Mills, C.W. (1957), La élite del poder, México, FCE (Nueva York, 1956).

Mosca, G. (1939), The Ruling Class, Nueva York, McGraw-Hill.

Newfield, C. (2003), Ivy and Industry. Business and the Making of the American University, 1880-1980, Durham y Londres, Duke University Press.

— (2008), Unmaking the Public University. The Forty Year Assault on the Middle Class, Cambridge, Mass., Harvard University Press.

Otte, M. (2010), El crash de la información. Los mecanismo de la desinformación cotidiana, Barcelona, Ariel (Berlín, 2009).

Slaughter, S. y Rhoades, G. (2004), Academic Capitalism and the New Economy. Markets, State, and Higher Education, Baltimore, The Johns Hopkins University Press.

Wittfogel, K.A. (1966), Despotismo oriental. Estudio comparativo del poder totalitario, Madrid, Ediciones Guadarrama (New Haven, 1963).

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