ENCUESTAS Y CALIDAD DOCENTE


ENCUESTAS Y CALIDAD DOCENTE.

Herminio R. Padilla

Doctor en Derecho y profesor de la Universidad de Córdoba

Publicado también en ABC de Córdoba, el 24 de enero de 2015

En Andalucía la Universidad de Córdoba (UCO), como publicó este periódico a principios de diciembre del año pasado, fue pionera (curso 1995/96) en pasar encuestas al alumnado para evaluar a sus docentes. Si la preocupación de quienes ahora nos representan es, como parece, que saliera a la luz un dato real sobre la peor valoración, que en modo alguno implica un suspenso para los profesores de Administración y Dirección de Empresas (ADE) por cuanto el promedio que sacan de 3,63 es sobre un techo de 5 (sobre 10 equivaldría a un 7,26), mal encaminados estamos por cuanto las encuestas a los alumnos no dejan de ser eso, unos simples cuestionarios con 21 ítems que hoy por hoy no miden –en contra de lo que algunos dicen o piensan– indicio de calidad alguno y que, además, siguen arrastrando los déficits o carencias detectados cuando se inició el nuevo modelo de enseñanza basado en créditos ECTS (Sistema Europeo de Transferencia de Créditos).

Ya en 2007, el entonces vicerrector de Planificación y Calidad decía en este periódico que el sistema de encuestas que se realizaba entre los alumnos debería ser mejorado y modificado. Hoy, siete años después, las preguntas que se les hacen a los alumnos siguen siendo las mismas, muchas de ellas inútiles y sin que se haya puesto remedio al grave problema de las encuestas, esto es, a la baja o nula participación de los alumnos al rellenarlas (en mi caso la encuesta se ha pasado la última semana de clase, cuando la inmensa mayoría de ellos están ya enclaustrados preparando los exámenes), lo que claramente provoca que sus resultados sean engañosos. Añádase a ello el que, por mucho Plan Bolonia que se aplique, en titulaciones como Derecho y ADE, con grupos de más de cien alumnos, se juega en otra liga frente a titulaciones en las que puede haber por grupo treinta o incluso menos alumnos.

Quien es profesor de Universidad no debería nunca olvidar que su trabajo se lo debe justamente a los alumnos. Recuérdese, como nos dice Julien Théry, que las universidades nacieron cuando maestros y estudiantes –magistri y scolares– decidieron organizarse en asociaciones profesionales («universitas», que designaba la totalidad o el conjunto de los miembros de un grupo) para defender sus intereses ante las autoridades de las ciudades, y que en un principio los ingresos de los profesores procedían de sus alumnos, sobre todo de los que pagaban al hacer los exámenes. Por eso unas encuestas con preguntas bien formuladas son importantes para el profesor, pues le permiten corregir aquello que no gusta a quienes reciben sus enseñanzas.

La calidad y prestigio de una Universidad con sus docentes, sin embargo, no pasa por encuestar a los alumnos sino por cambiar el nefasto sistema de acceso a esta profesión, que en más casos de los deseables hace precisamente que no lleguen los mejores, y también en no pervertir la figura del profesor asociado, buscando y conservando, cuando no mimando y pese a las dificultades económicas que en un momento determinado puedan existir, a aquellos buenos profesionales que realmente con su sapiencia y experiencia laboral pueden aportar bastante a la Universidad. Los alumnos seguro además que lo agradecerán.

Otra crítica negativa más: Carta abierta a la ANECA por su parcialidad y falta de transparencia


Herminio R. Padilla Alba
Profesor de Derecho Penal y
Magistrado suplente

Causa bastante sonrojo, para quien en su vida no necesita palmaditas en la espalda ni felicitaciones de ningún tipo por un trabajo bien realizado durante casi veinte años, tener que mostrar públicamente, a modo de justificación, los méritos realizados. Pero la inicial vergüenza que siento cede ante la obligación moral de tener que dar a conocer, de un modo público, la enorme parcialidad y opacidad con la que actúa la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación).

Sobre la ANECA se ha escrito mucho, y no precisamente en sentido positivo. Ha sido objeto de muchísimas críticas negativas, algunas incluso en torno burlesco, por profesores de las más variadas disciplinas de nuestras Universidades. No soy, por tanto, ni el primero en reprobarla, ni tampoco seré el último. Cuando la ANECA surgió en 2002, en cumplimiento de lo que establecía la LOU (Ley Orgánica 6/2001, de 21 de diciembre), pensé que, por fin y dadas las cosas que había visto en mi corta carrera profesional en la Universidad, el sistema de acceso a la profesión de profesor universitario terminaría con la endogamia, el nepotismo y el caciquismo.

Hasta entonces, y circunscribiéndolo a lo que conozco –que supongo que resulta extrapolable a otras titulaciones–, para ser profesor titular el único requisito exigible era haber obtenido el doctorado. Siendo Doctor en Derecho, por tanto, podías examinarte ante un tribunal compuesto por cinco miembros. La endogamia venía porque, de los cinco miembros, dos los ponía la propia Universidad que convocaba la plaza, mientras que los otros tres eran por sorteo a nivel nacional, con lo que el candidato de casa tenía más opciones que el de fuera ya que le bastaba sacar el tercer voto de algún miembro de otra Universidad de los de su cuerda –en las disciplinas hay escuelas que pugnan por ir colocando a los suyos–. El que a veces –pocas, la verdad– sucediera lo contrario no implicaba que el candidato de otra Universidad fuera, científicamente hablando –si es que a lo nuestro, quitándole las ínfulas y grandezas que le otorgan la inmensa mayoría de los juristas profesores de Universidad, se le puede llamar Ciencia–, objetivamente mejor. Lo único que había sucedido es que la diosa Fortuna había inclinado la balanza a su favor haciendo recaer en sus ejercicios de oposición, nada difíciles por otra parte (proyecto docente y trabajo de investigación realizado ex profeso para la misma), los votos favorables de los tres miembros de fuera. A todo esto únase el que el sistema favoreciera, en lo que es un empleo público, el nepotismo (mujeres, hijos, hermanos, sobrinos, yernos… de catedráticos) y el caciquismo de maestros sobre discípulos, vasallaje de por vida que además trascendía de lo profesional a lo personal.

Con la ANECA, como digo, honestamente creí que se iba a terminar con todo esto. Y es que ahora, antes de examinarte de profesor titular, tienes que pasar por varias figuras contractuales, algunas de las cuales (profesor ayudante doctor y profesor contratado doctor) necesitan de una evaluación positiva por parte de la mencionada agencia e incluso una oposición igual a la de profesor titular (profesor contratado doctor). Es por ello que la intención de la reforma con la introducción de la ANECA me parecía, en principio, buena frente al sistema anterior, pero los diez años de tiempo transcurrido han puesto de manifiesto la falta de imparcialidad de la agencia en no pocas ocasiones, que puede evaluar los méritos de quienes optan a ser acreditados según los intereses profesionales y personales de algunos de los miembros de las comisiones de acreditación del momento y de sus expertos. Y es que en un mismo período de tiempo, y para la misma o similar disciplina, pueden evaluar positivamente para profesores titulares a auténticos negados pero bien apadrinados –si no se han movido los hilos antes, basta una llamada telefónica para cambiar una pre-evaluación negativa en evaluación positiva–, mientras que dejan fuera, evaluándolos negativamente, a personas cuyos currículum vitae y expedientes académicos sacarían los colores de aquéllos. Y ello estos miembros de las comisiones y sus expertos lo hacen sabedores de la absoluta impunidad con la que actúan al ampararse en la discrecionalidad técnica, pues saben que ésta no es atacable ante los tribunales. Ejercen, además, con una absoluta falta de transparencia pues sólo se muestra la puntuación genérica por apartados (cuatro: actividad investigadora, actividad docente, formación académica y experiencia en gestión) y no desglosada por los méritos que aporta el solicitante en cada uno de dichos apartados (si realmente la puntuación de los méritos aportados fuese justa, sin ampararse en inventados índices de calidad, no costaría nada adjuntarla como anexo a la evaluación).

Los miembros de estas comisiones, catedráticos con varios sexenios de investigación, son asesorados además por dos expertos con conocimientos en la materia de la que pretende ser profesor titular el solicitante, cuya identificación, a pesar de haberse previsto un procedimiento de recusación (será casualidad, pero las recusaciones son siempre por razones de enemistad que no de amistad –tampoco hay abstenciones por tal motivo–), se oculta de forma perversa al evaluado, a quien, en aras de cumplir con la legalidad, se le facilita la lista pública de los doscientos expertos (“averígüeselas usted para saber quiénes dos, de esos doscientos, han emitido sendos informes sobre su currículum vítae”).

En mi caso, como el lector habrá bien supuesto, la tercera evaluación de la ANECA, en este caso para la figura de profesor titular de universidad, ha sido negativa. Mi currículum vítae lo he hecho público, no sin cierta vergüenza, para fundamentar lo aquí escrito. Con el anterior sistema hubiera sido profesor titular, Dios mediante, con la tesis leída y poco más (su publicación, aunque no era requisito necesario, junto a la de algún que otro artículo). Ahora, y a pesar de mi expediente académico en la licenciatura y en los cursos de Doctorado, de haber obtenido en la tesis doctoral no sólo el sobresaliente cum laude por unanimidad –se lo dan a todos– sino también el Premio Extraordinario de Doctorado (habría que ver quiénes de los miembros de la Comisión de Acreditación y de los expertos que asesoran lo tienen), de haber publicado varios libros (entre ellos manuales de la disciplina) y más de una veintena de artículos, de haber dado clase de diversas asignaturas en mi centro y fuera del mismo en instituciones de prestigio durante estos veinte años, de haber impartido multitud de conferencias y seminarios…, de haber hecho en definitiva más de lo que supondría en cualquier otra oposición el acceso a un empleo público, para la ANECA no merezco acreditarme para examinarme de titular: 51 puntos sobre un total de 100 son los que he alcanzado, siendo necesarios para la acreditación a profesor titular un mínimo de 65.

En mi escrito de reclamación ante el Consejo de Universidades, que ha sido igualmente desestimado, lo único que solicitaba, en aras de mi derecho de defensa, era transparencia en el baremo con el desglose de la puntuación de los distintos méritos (se supone que se ha tenido que realizar para baremar), y la identificación de los dos expertos, pues el informe de uno contiene lo que en un primer momento, dada mi buena fe, consideré que eran errores pero que, desestimadas también mis alegaciones a la previa evaluación negativa, han resultado ser claras intenciones. También les manifesté a los miembros de la Comisión de Acreditación la paradoja que supone, al estar desde hace tres años de Magistrado suplente en la Audiencia Provincial de Córdoba, el haber puesto sentencias en las que, basándome en mis conocimientos jurídicos (los que ellos ahora dicen que no son suficientes para ser profesor titular), he privado de libertad a las personas acusadas. Y es que parece que sirvo para aplicar el Derecho Penal pero no para enseñarlo.

Y para finalizar esta Carta abierta a la ANECA, por si a sus miembros les quedara todavía alguna duda: con el actual sistema la Universidad española se empobrecerá pues sólo se quedarán los mediocres, favoreciendo además con ello la continuación del nepotismo, la endogamia y el caciquismo. Hablo de lo que conozco. Cuando me viene un alumno o alumna con un excelente expediente académico solicitándome que le oriente sobre su futuro profesional, le ofrezco las dos alternativas para que elija: o haga usted una oposición de las llamadas buenas (Notario, Registrador, Juez, Fiscal, Abogado del Estado, Inspector de Hacienda, de Trabajo, etc., etc.), en cuya preparación tardará tres o cuatro años pero con la seguridad de que le van a respetar los principios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad a la hora de acceder a ella, o intente llegar a ser profesor titular de Universidad (de la cátedra mejor ni hablar) que, con suerte y si no se queda antes por el camino por un ERE de su empleador o la evaluación negativa de la ANECA , lo conseguirá tras veinte años de esfuerzo titánico: cuatro años de Becario de Investigación, cinco años de Ayudante, cinco años de Profesor ayudante doctor y un mínimo –mientras se sigue haciendo currículum– de otros cinco años de Profesor contratado doctor. Ya pueden imaginarse su elección.

 

 

NUEVO PARADIGMA UNIVERSITARIO.


Este largo artículo interesará especialmente a quienes,  como yo, se sienten fuera de la que llamo “realidad-publicitaria” en que está sumida la universidad española.

En mi opinión se necesita un nuevo paradigma para el funcionamiento de nuestra  universidad, igual que hace falta para la sociedad en su conjunto.  Se hace incluso imprescindible,  antes de que esta “realidad-publicitaria” acabe haciéndose añicos, ante los atónitos ojos de las nuevas generaciones de alumnos, profesores y trabajadores en general, por la crisis del sistema económico imperante.

Los creadores y defensores de esta “realidad-publicitaria” en la UCO son muchos, y no les va nada mal en cuanto a poder y gestión de recursos. Por tanto, no quieren y tampoco les gusta que se hable de poner en marcha ese nuevo paradigma universitario que pondría en peligro su privilegiada posición.

Sería utópico pensar que en nuestra plácida “realidad-publicitaria”, escritos como éste puedan servir para generar debate. Al menos espero os interese y sirva de muestra de que hay otras realidades (opiniones) posibles.

Digo Llanes Ruiz

Tomado de http://firgoa.usc.es/drupal/node/47659

¿Por qué es necesario cerrar ya la ANECA y neutralizar su ideología?

José Carlos Bermejo Barrera.
Catedrático de Historia Antigua. Universidad de Santiago

La supresión de la ANECA, mediante un decreto o una ley que la deje sin efecto legal alguno, es una necesidad imperiosa del sistema universitario español, debido a que es la propia existencia de esa agencia la que imposibilita cualquier reforma real de las universidades españolas.

Como veremos a continuación, el proceso de creación y consolidación de esa agencia, pieza clave de la política universitaria del PP y del PSOE, ha traído consigo:

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GUARDERÍA UNIVERSITARIA


ABC 22/12/2009
Sección: OPINION Páginas: 3

Por el gran pacto educativo en España (XX)

GUARDERÍA UNIVERSITARIA

No faltan en nuestras universidades profesores que se curtieron luchando por la autonomía universitaria contra la dictadura ministerial. Ahora las universidades están regidas por expertos en gestión que rivalizan presumiendo de ser los primeros en secundar las ocurrencias de la anónima dictadura burocrática.

Andrés Ollero Tassara
de la Real Academía de Ciencias Morales y Políticas

En mis escarceos como portavoz en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados me alarmó que el entonces ministro Maravall motejara a la enseñanza universitaria como «post-secundaria».Veinte años después en ello estamos…

 El bachillerato se ha visto en ese periodo prácticamente erradicado, para convertirse en el apéndice final de la Secundaria. El cuerpo de Catedráticos de Bachillerato, que por la calidad de sus integrantes hacía presente en esa etapa los ideales de excelencia atribuibles ala Universidad, fue pasado por las armas de la reforma educativa. Esta se centró en localizar y eliminar el fracaso escolar. Tan loable propósito se tradujo en muy positivas iniciativas compensatorias, atentas a la situación de inferioridad de sectores del alumnado derivadas de la marginación social, la escasez de medios económicos en el ámbito familiar, circunstancias fisiológicas que redujeran el rendimiento académico o incluso, más tarde, dificultades de comprensión lingüística de la población inmigrante ajena al ámbito cultural hispano.

 Hasta ahí nada que objetar. Lo que acabó arruinando tanto esfuerzo fue la consolidación dogmática de un caprichoso diagnóstico: el fracaso escolar no era en realidad un problema de los alumnos sino del «sistema». Excluidos de éste los alumnos y marginados a priori los padres, el sistema lo acabarían constituyendo los profesores, condenados a convertirse en carne de cañón de la reforma. Llovieron CEPS, cursos y cursillos, baremos, burocracia a granel y sustitución de los cuerpos por la mera «condición» de esto o de lo otro, traducida en modestos incrementos de nómina. La Universidad, mientras, organizaba su novedosa autonomía, conquistada tras no pocas trifulcas en los prolegómenos de la transición a la democracia.

 Arrasada la enseñanza secundaria, ha llegado al parecer la hora de que la misma barbarie burocrática ajuste cuentas con la pretenciosa postsecundaria. Bolonia sirve de enigmática excusa. Mientras la Universidad de Palermo aprovecha para replantear los estudios de Derecho y diseña un nuevo Grado —por supuesto, de cinco años de duración— aquí se pretende resucitar en la Universidad el fenecido bachillerato con minigrados. El objetivo clave sin embargo será —cómo no…— la lucha contra el fracaso del «sistema», o sea de los profesores; pese a que nos hallamos ya en una etapa de educación no obligatoria, con alumnos mayores de edad a los que no cabe tratar como infantes sin educarlos en la irresponsabilidad.

 Se ponen en marcha vanguardistas —entiéndase, burocráticos…— procesos de autoevaluación del sistema, o sea, de los profesores. Los cuerpos docentes se han convertido, por el momento, en los únicos de la función pública donde el sistema de acceso por público concurso oposición se ve sustituido por clandestinas «acreditaciones». Se aborda luego el proceso, triunfalmente aplicado en Secundaria, de eliminación del fracaso escolar por decreto. En la mentada autoevaluación se hace responsable del número de suspensos al profesor. Hasta el más lerdo acaba entendiendo que el profesor óptimo es el que concede aprobado general; amnistía hasta ahora reservada (seguro que lo conté en »Qué hemos hecho con la Universidad», Aranzadi 2007), a la celebración de sus nupcias o de su jubilación del profesor. La cuestión no acaba ahí. El profesor verá igualmente desvelada su escasa calidad por el número de alumnos no presentados. Sin embargo, no se le permite expedir órdenes de caza y captura a la policía para que localice al alumno absentista. El mismo habrá de considerarse integrado en una versión docente de la Interpol.

 Al cabo de más de cuarenta años de empeños docentes, debo autocalificarme como un pésimo profesor. Hace decenios que sigo un sistema de evaluación continua, que tiene por objeto apreciar el trabajo de los alumnos que están por la labor y ahorrarles el trance menos universitario imaginable, según mi modesto leal saber y entender: el examen. Una decena de ejercicios hechos en su  casa, con los libros delante, y comentados en clase permiten a decenas de alumnos sacar desde aprobado a matrícula de honor sin examen alguno. Quien paga la ronda soy yo: he de revisar más de un centenar de ejercicios por semana, dedicando a ello un tiempo que podría emplear de modo más vistoso en investigación. La mitad de los alumnos se prestan al juego; el resto, al examinarse, tiene ocasión de demostrar su ignorancia. Siendo el resultado fácilmente previsible, el número de no presentados acaba siendo significativo. Como consecuencia, dado que buena parte de mis alumnos se apuntan a estudiar la semana anterior al examen, soy un pésimo profesor, porque me niego a regalarles el aprobado.

 Lo curioso es que todo esto se haga mirando a la Meca académica (Bolonia), donde al parecer han descubierto algunos decenios después que el profesor debería personalizar su trabajo con los alumnos, con sistemas no muy distintos de los que vengo poniendo en práctica. Esto sin embargo es sólo el comienzo.

 De Bolonia nos llevan a Oxford y descubren una piedra filosofal: la tutoría. Para no quedarse cortos la califican de «integral», lo que me suscita cavilaciones problemáticas que opto por no llevar demasiado lejos. Como en todo experimento de alto riesgo, hace años se pidieron voluntarios. Me presenté. Al fin y al cabo, dejé una estimulante y prolongada actividad parlamentaria para no limitar a seminarios quincenales mi presencia en la Universidad. Se pretendía por entonces que todos los alumnos de primer curso tuvieran tutor; más tarde se extendería a otros grupos; algo parecido a lo de la Gripe A.

 Dos alumnas me fueron encomendadas (no se prevé que el alumno presuntamente huérfano pueda elegir tutor o encargado). Pregunté por ellas en clase y al finalizarles comenté la buena nueva: tenían tutor. Me miraron espantadas: «pero ¿qué hemos hecho?». Al parecer entre los alumnos no se habían solicitados voluntarios sino que se había recurrido a la ruleta rusa. Aplicando los principios clínicos del consentimiento informado, constaté la renuncia a tratamiento y se dio por finalizado el parentesco académico. En realidad hubo suerte, porque las alumnas estaban en clase. Otros compañeros lo tuvieron más complicado; llamaron repetidamente por teléfono sin éxito. Uno de ellos confesó públicamente que la abuela de la interesada llegó a amenazar le con acusarlo de acoso si insistía en sus pintorescas pretensiones.

 De esto hace ya algún año. Pasa éste me encomiendan veinte alumnos, con los que tengo que hablar tres veces (no dos ni cuatro), aunque lo más importante es que rellene un acta donde conste lo que he dicho a cada uno; o sea, es fácil adivinarlo; me han puesto un tutor (coordinador, creo que se llama…). Me tranquilizan asegurándome que estas actas serán destruidas dentro de cinco años. O sea que debo confeccionar sesenta actas, que —en el mejor de los casos— nadie leerá y dentro de un quinquenio serán destruidas; apasionante…

No faltan en nuestras universidades profesores que se curtieron luchando por la autonomía universitaria contra la dictadura ministerial. Ahora las universidades están regidas por expertos en gestión que rivalizan presumiendo de ser los primeros en secundar las ocurrencias de la anónima dictadura burocrática. Hasta en el metro he encontrado anuncios (nada gratuitos) destinados a inmortalizar tan lamentable docilidad.

Cuarenta años después del 68, quizá haya llegado el momento de apelar de nuevo a la imaginación; porque al poder lo único que se le puede ocurrir cualquier día es sustituir, en un alarde sinceridad, el traje académico por el babi.

 

Plan Docentia – Actitudes Críticas .


Los compañeros de la Junta y del Comité de Empresa del PDI de la Universidad de Huelva nos envían este documento, que han dirigido al Vicerrector competente, en el que manifiestan su postura conjunta que ante la propuesta del Plan Docencia. Nos aseguran que la postura de la Universidad de Jaén es prácticamente la misma.

http://www.uco.es/jpdi/archivo/2008/081119_JPDICE_UHU_docentia.pdf

La UCO tiene pendiente aprobar e implantar el Plan Docentia. La JPDI de la UCO ha estado atenta durante los preliminares y se ha pronunciado en varias ocasiones al respecto. Aunque la JPDI ha mantenido entrevistas con el Vicerrector de Calidad y con el Rector, no se ha establecido un proceso de negociación en las condiciones previstas en el EBEP.

En estas circunstancias, esta JPDI permanece en actitud expectante de los acontecimientos, atenta y preocupada por este asunto. Hará publica su postura a su debido tiempo.

¡La evaluación que nunca existió!


Luis Morera Sanz
19 noviembre 2008

El pasado domingo, 20 de abril, el diario Córdoba publicó – sección Debates de Córdoba – un artículo del Sr. Vicerrector de Planificación y Calidad de la Universidad de Córdoba, en el que puede leerse, al final del primer párrafo: “…por el contrario, la docencia nunca fue evaluada y los quinquenios se concedieron automáticamente …”. Contundentes afirmaciones, que entran en contradicción con lo que se dice en dos resoluciones de la UCO, en las que se me comunicaba: “Efectuada la evaluación favorable de méritos docentes prevista en el Real Decreto 1086/89, de 28 de Agosto, sobre retribuciones del Profesorado Universitario,…..” (7/11/1989) y “Efectuada una nueva evaluación favorable de méritos docentes prevista en el Real Decreto 1086/89.….” (11/11/1991).

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La evaluación del profesorado de la universidad


La puesta en marcha de un procedimiento para la evaluación docente del profesorado de la universidad ha abierto el debate. Juan José Ruiz Sánchez, vicerrector de Planificación y Calidad de la UCO y Antonio López Pinto, presidente de la Junta de Personal Docente e Investigdor, exponen sus puntos de vista.

  La evaluación del profesorado de la universidad.

Oras referencias:
CORDOBA (10 abril 2008) La Universidad dará de baja de sus funciones a los profesores ineficaces.
CORDOBA (11 abril 2008) El 90% de los docentes va a superar las evaluaciones.

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