GUARDERÍA UNIVERSITARIA


ABC 22/12/2009
Sección: OPINION Páginas: 3

Por el gran pacto educativo en España (XX)

GUARDERÍA UNIVERSITARIA

No faltan en nuestras universidades profesores que se curtieron luchando por la autonomía universitaria contra la dictadura ministerial. Ahora las universidades están regidas por expertos en gestión que rivalizan presumiendo de ser los primeros en secundar las ocurrencias de la anónima dictadura burocrática.

Andrés Ollero Tassara
de la Real Academía de Ciencias Morales y Políticas

En mis escarceos como portavoz en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados me alarmó que el entonces ministro Maravall motejara a la enseñanza universitaria como «post-secundaria».Veinte años después en ello estamos…

 El bachillerato se ha visto en ese periodo prácticamente erradicado, para convertirse en el apéndice final de la Secundaria. El cuerpo de Catedráticos de Bachillerato, que por la calidad de sus integrantes hacía presente en esa etapa los ideales de excelencia atribuibles ala Universidad, fue pasado por las armas de la reforma educativa. Esta se centró en localizar y eliminar el fracaso escolar. Tan loable propósito se tradujo en muy positivas iniciativas compensatorias, atentas a la situación de inferioridad de sectores del alumnado derivadas de la marginación social, la escasez de medios económicos en el ámbito familiar, circunstancias fisiológicas que redujeran el rendimiento académico o incluso, más tarde, dificultades de comprensión lingüística de la población inmigrante ajena al ámbito cultural hispano.

 Hasta ahí nada que objetar. Lo que acabó arruinando tanto esfuerzo fue la consolidación dogmática de un caprichoso diagnóstico: el fracaso escolar no era en realidad un problema de los alumnos sino del «sistema». Excluidos de éste los alumnos y marginados a priori los padres, el sistema lo acabarían constituyendo los profesores, condenados a convertirse en carne de cañón de la reforma. Llovieron CEPS, cursos y cursillos, baremos, burocracia a granel y sustitución de los cuerpos por la mera «condición» de esto o de lo otro, traducida en modestos incrementos de nómina. La Universidad, mientras, organizaba su novedosa autonomía, conquistada tras no pocas trifulcas en los prolegómenos de la transición a la democracia.

 Arrasada la enseñanza secundaria, ha llegado al parecer la hora de que la misma barbarie burocrática ajuste cuentas con la pretenciosa postsecundaria. Bolonia sirve de enigmática excusa. Mientras la Universidad de Palermo aprovecha para replantear los estudios de Derecho y diseña un nuevo Grado —por supuesto, de cinco años de duración— aquí se pretende resucitar en la Universidad el fenecido bachillerato con minigrados. El objetivo clave sin embargo será —cómo no…— la lucha contra el fracaso del «sistema», o sea de los profesores; pese a que nos hallamos ya en una etapa de educación no obligatoria, con alumnos mayores de edad a los que no cabe tratar como infantes sin educarlos en la irresponsabilidad.

 Se ponen en marcha vanguardistas —entiéndase, burocráticos…— procesos de autoevaluación del sistema, o sea, de los profesores. Los cuerpos docentes se han convertido, por el momento, en los únicos de la función pública donde el sistema de acceso por público concurso oposición se ve sustituido por clandestinas «acreditaciones». Se aborda luego el proceso, triunfalmente aplicado en Secundaria, de eliminación del fracaso escolar por decreto. En la mentada autoevaluación se hace responsable del número de suspensos al profesor. Hasta el más lerdo acaba entendiendo que el profesor óptimo es el que concede aprobado general; amnistía hasta ahora reservada (seguro que lo conté en »Qué hemos hecho con la Universidad», Aranzadi 2007), a la celebración de sus nupcias o de su jubilación del profesor. La cuestión no acaba ahí. El profesor verá igualmente desvelada su escasa calidad por el número de alumnos no presentados. Sin embargo, no se le permite expedir órdenes de caza y captura a la policía para que localice al alumno absentista. El mismo habrá de considerarse integrado en una versión docente de la Interpol.

 Al cabo de más de cuarenta años de empeños docentes, debo autocalificarme como un pésimo profesor. Hace decenios que sigo un sistema de evaluación continua, que tiene por objeto apreciar el trabajo de los alumnos que están por la labor y ahorrarles el trance menos universitario imaginable, según mi modesto leal saber y entender: el examen. Una decena de ejercicios hechos en su  casa, con los libros delante, y comentados en clase permiten a decenas de alumnos sacar desde aprobado a matrícula de honor sin examen alguno. Quien paga la ronda soy yo: he de revisar más de un centenar de ejercicios por semana, dedicando a ello un tiempo que podría emplear de modo más vistoso en investigación. La mitad de los alumnos se prestan al juego; el resto, al examinarse, tiene ocasión de demostrar su ignorancia. Siendo el resultado fácilmente previsible, el número de no presentados acaba siendo significativo. Como consecuencia, dado que buena parte de mis alumnos se apuntan a estudiar la semana anterior al examen, soy un pésimo profesor, porque me niego a regalarles el aprobado.

 Lo curioso es que todo esto se haga mirando a la Meca académica (Bolonia), donde al parecer han descubierto algunos decenios después que el profesor debería personalizar su trabajo con los alumnos, con sistemas no muy distintos de los que vengo poniendo en práctica. Esto sin embargo es sólo el comienzo.

 De Bolonia nos llevan a Oxford y descubren una piedra filosofal: la tutoría. Para no quedarse cortos la califican de «integral», lo que me suscita cavilaciones problemáticas que opto por no llevar demasiado lejos. Como en todo experimento de alto riesgo, hace años se pidieron voluntarios. Me presenté. Al fin y al cabo, dejé una estimulante y prolongada actividad parlamentaria para no limitar a seminarios quincenales mi presencia en la Universidad. Se pretendía por entonces que todos los alumnos de primer curso tuvieran tutor; más tarde se extendería a otros grupos; algo parecido a lo de la Gripe A.

 Dos alumnas me fueron encomendadas (no se prevé que el alumno presuntamente huérfano pueda elegir tutor o encargado). Pregunté por ellas en clase y al finalizarles comenté la buena nueva: tenían tutor. Me miraron espantadas: «pero ¿qué hemos hecho?». Al parecer entre los alumnos no se habían solicitados voluntarios sino que se había recurrido a la ruleta rusa. Aplicando los principios clínicos del consentimiento informado, constaté la renuncia a tratamiento y se dio por finalizado el parentesco académico. En realidad hubo suerte, porque las alumnas estaban en clase. Otros compañeros lo tuvieron más complicado; llamaron repetidamente por teléfono sin éxito. Uno de ellos confesó públicamente que la abuela de la interesada llegó a amenazar le con acusarlo de acoso si insistía en sus pintorescas pretensiones.

 De esto hace ya algún año. Pasa éste me encomiendan veinte alumnos, con los que tengo que hablar tres veces (no dos ni cuatro), aunque lo más importante es que rellene un acta donde conste lo que he dicho a cada uno; o sea, es fácil adivinarlo; me han puesto un tutor (coordinador, creo que se llama…). Me tranquilizan asegurándome que estas actas serán destruidas dentro de cinco años. O sea que debo confeccionar sesenta actas, que —en el mejor de los casos— nadie leerá y dentro de un quinquenio serán destruidas; apasionante…

No faltan en nuestras universidades profesores que se curtieron luchando por la autonomía universitaria contra la dictadura ministerial. Ahora las universidades están regidas por expertos en gestión que rivalizan presumiendo de ser los primeros en secundar las ocurrencias de la anónima dictadura burocrática. Hasta en el metro he encontrado anuncios (nada gratuitos) destinados a inmortalizar tan lamentable docilidad.

Cuarenta años después del 68, quizá haya llegado el momento de apelar de nuevo a la imaginación; porque al poder lo único que se le puede ocurrir cualquier día es sustituir, en un alarde sinceridad, el traje académico por el babi.

 

PLAN DE CALIDAD.


Opiniones de Diego Llanes.
Reunión de CC.OO, lunes 18 Diciembre 2006.

PLAN DE CALIDAD.

He de aplaudir que se ponga en marcha un Plan que dé sentido a la creación de los nuevos vicerrectorados, demostrando así que no ha sido una mera componenda electoral, como hasta ahora me parecía.

El documento marco, en mi opinión, esta deficientemente organizado, no hay una secuencia temporal de objetivos, los programas se solapan, no hay organización por importancia, hay repeticiones y tampoco aparece un presupuesto económico que pueda hacerlo creíble y factible. Su lectura se hace complicada y por tanto su comprensión difícil.

Las primeras seis páginas del documento son perfectamente suprimibles o podrían formar un documento distinto, dedicado, especialmente, a aquellos interesados en las bases teóricas y legales de la tan en boga “calidad” de la actividad universitaria.

La referencias a los Estatutos, no es ni mucho menos exhaustiva, ¿donde queda, la puesta en marcha del Título V? Falta un aspecto básico que lastra, a todo el documento, el artículo 158 punto i) dice “El establecer los criterios de participación del personal en la determinación de las condiciones de trabajo.” Sin desarrollar este punto todo queda en manos de la buena voluntad del rectorado de turno. Sin estos criterios no sabemos como se desarrollará y consensuará el Plan ¿Con los directores de departamento? ¿En el Claustro? ¿Con los decanos y directores? ¿Con quién? Por cierto en ningún lugar del documento aparecen ni tan siquiera nombrados, los sindicatos, ¿estamos, de nuevo, ante la tradicional y hereditaria alergia de los sucesivos gobiernos de la UCO a los mismos?

SOBRE OBJETIVOS.

Echo en falta en todo el apartado el ¿Cómo se llevarán a cabo las propuestas?

Se propone, fomentar, lograr la confianza, universalizar, dar respuesta, sensibilizar,… No debemos olvidar que aún siendo un borrador se trata un documento marco que sale del gobierno universitario y no un documento al que dé forma y contenido “la comunidad universitaria”.

Cuando se hace más concreto el documento es para decir, “de acuerdo con la normativa y directrices marcadas por sus agencias ó programas”, evidentemente no podría ser de otra forma.

Dos ejemplos:

  • ¿Cómo se pretende alcanzar para la UCO una elevada posición en el ranking nacional de universidades? Desconocía que existiera tal ranking oficial; y si se refiere a los oficiosos (como los del diario El Mundo), para subir en ellos, primero deberíamos saber que están midiendo.
  • Antes de decir que se va a “Proporcionar al profesorado de a UCO los medios, actividades de formación e incentivos necesarios…” se debería haber negociado en el presupuesto una partida, ¿se ha hecho?

PROGRAMA DE ACCIONES.

SOBRE EVALUACIÓN INSTITUCIONALY PLANES DE MEJORA.

Para empezar se dice que nos someteremos a las evaluaciones periódicas, de acuerdo con las directrices del gobierno. No puede ser de otra forma ¿o si?

A continuación se presenta un resumen de un proceso evaluador y los criterios de calidad de los procedimientos serán los establecidos por la EQA (de la reunión de Ministros de Bergen) por epatar, entre tanta falta de criterios específicos que no quede.

Además lo más sorprendente, quizás lo leí mal, es que la misma UCO, por sus propios medios, eliminaría docencia “quedando las adecuadas al potencial docente de la UCO”. Creía que el cierre de titulaciones sería competencia de la CICE, pero debemos felicitarnos ya que estamos dispuestos a realizar su trabajo. Me gustaría conocer ¿cómo se va a llevar a cabo el proceso? Por supuesto, no hay pistas.

EVALUACIÓN DE LA ACTIVIDAD DOCENTE.

La falta de medidas concretas es alarmante.

¿Cómo se va a disponer de indicadores para establecer una remuneración diferencial del profesorado? ¿Tendrá algo que ver con la diferente carga docente?

Aunque parezca mentira, se pretende concienciar al profesorado de la importancia de la docencia. ¿Que hace la mayoría del profesorado día tras día? ¿De que universidad y de que profesorado está hablando el vicerrector?

FORMACION DEL PROFESORADO.

Para empezar me gustaría saber ¿Cuál es la carrera docente del profesorado de la UCO? La desconozco, quizás sea mi culpa. Sin definir, todo el programa queda confuso.

Los planes de formación son ¿tan sólo para los de nueva incorporación? ¿También para los funcionarios?

Además de cursos de actitud (novedad evidente por concretar) podría completarse con un certificado de aptitud pedagógica universitaria. Aunque: ¿Sería para todos? ¿Sólo aconsejable? ¿Obligatorio?

Como todo no puede ser negativo aquí encuentro cosas positivas:

  • Cursos de lenguas extranjeras, ingles preferentemente.
  • Difusión de experiencias.

MEJORA DE LA INNOVACIÓN DOCENTE.

Aquí aparecen alguna novedad: Los grupos docentes.

El problema a resolver es: ¿Qué hacemos con los departamentos y, sobre todo, con sus cargos?

Financiación a estos grupos docentes. Entonces: ¿se dejará de financiar a los departamentos? y ¿en que quedan las atribuciones y las retribuciones del director y el secretario de departamento?

Más cosas positivas:

  • Potenciación de los proyectos de mejora docente.
  • Creación de los servicios de apoyo a la docencia para algunos profesores.

Una increíble. Financiación por contratos programas de la docencia y, sobre todo, a las de rendimiento deficiente. A que rendimiento se refiere: ¿al de los alumnos? ¿al de los profesores? Parece imposible de combinar con la estructura departamental.

Mas cosas positivas:

  • Potenciar las comisiones de docencia.
  • El asesor académico, un nuevo cargo; un sector de la comunidad universitaria, ávida de cargos, lo recibirá con ilusión y encantada.

Otra increíble:

Base de datos docentes. Por fin podría saber el número de alumnos matriculados, presentados, suspensos,…. especialmente de la asignatura que doy.

Todo un descubrimiento para la “calidad”. Para terminar una buena campaña publicitaría que, desarrollada por FUNDECOR o CEUCOSA, podrá remediar posibles errores y justificar gastos.

Epílogo.

En resumen, mucha letra (11 páginas), escasa organización y al final, me quedo con las ganas de saber que es lo que realmente está dispuesto a acometer, el nuevo rectorado, respecto a la docencia.

Creo que el vicerrectorado tiene mucho trabajo por delante para mejorar el documento, trabajo que no puede, ni debe ser desarrollado por otras instancias.

Será necesario saber cuales son los fondos disponibles, los criterios de participación, el calendario temporal, y las acciones concretas. Tal como está, creo que sería inútil participar en su mejora. Quizás cuando se aclaren las reglas del juego y se concreten sus objetivos pueda tomarme en serio este Plan y colaborar en su desarrollo, en tanto quedo a la espera.

En cualquier caso este vicerrectorado ha presentado un documento, y por ello enhorabuena y que cunda el ejemplo.

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