Propuestas para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del Sistema Universitario Español


En el siguiente enlace se accede al documento

Propuestas para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del Sistema Universitario Español

preparado por una Comisión de Expertos y presentada al Ministro de Educación Ciencia y Deportes, D. José Ignacio Wert Ortega, el 12 de febrero de 2013, proponiendo ideas (y alguna que otra ocurrencia) para que no sea menos que los Gobiernos anteriores y proceda a una nueva Reforma del Sistema Universitario

La JPDI te invita a documentarte y a opinar en nuestro blog acerca de la Novísima Reforma que se nos avecina.

SOMOS MAYORIA, UNA PROPUESTA DE ACCIÓN POLÍTICA.


Hace unos días Julio Anguita publicó una propuesta dirigida a crear una alternativa que permita cambiar la situación política y económica de nuestro país. Esta propuesta creo que va más allá de lo que Julio Anguita pueda representar, sea bueno o malo, para cada uno de nosotros. Creo que merece la pena leerlo y actuar en consecuencia.

http://colectivoprometeo.blogspot.com.es/2012/06/somos-mayoria.html

Considero que esta propuesta puede coincidir con lo expresado en nuestro “marco de actuación” por ello os informo que pienso colaborar con la iniciativa, lo haré desde el puesto que pueda ocupar, jubilado o en activo, en la universidad el curso que viene.

Un abrazo

Diego

TEOREMA DE IGNACIO WERT. MINISTRO DE EDUCACIÓN DEL REINO DE ESPAÑA.


” Toda docencia universitaria puede mejorarse
incrementando sus costes e incentivando a todos los profesores
para que progresivamente dejen de impartirla.”

Tomado del artículo de José Carlos Bermejo Barrera, ¿Qué compro y que me vende señor ministro?

Tasas, mentiras y el desahucio de la Universidad Pública.

http://firgoa.usc.es/drupal/node/50786

Bolonia, un fracaso anunciado.


José María Asencio Mellado es catedrático de Derecho Procesal de la Univesidad de Alicante

La Universidad exige, sin dilación, la adopción de medidas inmediatas, urgentes, aunque no sean fáciles de aplicar. La derogación del llamado Plan Bolonia es inaplazable porque en España, por esa indolencia que caracterizó al Gobierno de Zapatero y los entusiastas adolescentes que le rodeaban en casi todos los ámbitos, dicho plan quiso ser mucho más que lo que la normativa europea exigía, con la vocación, se dijo, de erigir a la universidad española en una suerte de referente internacional de calidad y excelencia, pero eso sí, sin medios personales o materiales, ni siquiera presupuestados; todo se fiaba a muchos controles y organismos superfluos y opacos cuya función no pasa hoy de ser la de una mera supervisión de papeles repletos de palabrería, pero vacíos de contenido real. Burocracia y burocracia, informes y parafernalia de un lenguaje que se quiere hacer aparecer como excelencia.

Muchos lo advertimos. Ese plan requería profesorado y medios, porque los grupos de alumnos no podían exceder de veinticinco para adecuarse al modelo propuesto. Nadie escuchó y hoy, ante clases de varias decenas de estudiantes, la llamada evaluación continua es sinónimo de ausencia de exigencias. Pronto, por la crisis, esos grupos se harán más numerosos previo despido de profesores asociados, exactamente lo contrario de lo que necesita una Bolonia que, no obstante, ahí sigue sin que los responsables del desaguisado se aperciban de su error. Por eso, y aunque asumiendo críticas, algunos departamentos no seguiremos ese modelo hasta tanto sus ideólogos no proporcionen los medios adecuados, ya que la mera asistencia a clase no puede otorgar un título universitario y el control personalizado, cuando es imposible, se transforma es una entelequia que equivale a la eliminación de toda exigencia de adquisición de conocimientos.

Nadie escuchó en su momento que los másteres serían caros, por lo que, sin financiación pública o con una financiación insuficiente y siendo algunos obligatorios para ejercer una profesión, deberían ser abonados mediante tasas elevadas que recaerían en unas clases medias que no pueden ya hacer frente a tantos copagos existentes y los que se avecinan. Y esta es ya la realidad. Los precios se van a ajustar hasta cantidades más propias de universidades privadas o, simplemente, a ellas tendrán que acudir los que no encuentren plaza en las públicas, que por falta de medios se verán obligadas a establecer rígidos numerus clausus.

Los estudios, antes de cinco años, ahora llegarán a cinco y medio más el retraso en aprobar los correspondientes exámenes para ejercer determinadas profesiones. Seis en el mejor de los casos. Y el tiempo dedicado a formar en las materias centrales se ha reducido tanto, que cabe afirmar sin temor a error alguno, que la carencia de conocimiento de las bases fundamentales de las diversas materias, repercutirá seriamente en una formación claramente insuficiente.

Las universidades catalanas ya han comenzado a despedir profesores, más de quinientos, en la de Valencia el número llegará a trescientos y en el resto de España la amenaza es tan real, como inevitable. No hay tasa de reposición, de modo que los puestos docentes de profesores jubilados, no se cubren con personas jóvenes. La universidad envejece a pasos agigantados. El incremento de la dedicación docente en la llamada Bolonia supone la absoluta imposibilidad de llevarla a cabo, porque es evidente que se puede mantener un control diario sobre un número de alumnos no elevado, pero hacerlo sobre doscientos es un absurdo que nadie parece tener en cuenta. Como un rebaño, nuestros anteriores dirigentes políticos creyeron frases ampulosas y las vaguedades y discursos retóricos que los ideólogos de la excelencia les trasladaban, copiaban su discurso, lo repetían, hasta el punto de creérselo, sin darse cuenta de que no se puede tener una universidad americana solo con voluntad y arrogancia.

La agenda 2015 es una suma de conceptos tan etéreos, como puramente retóricos. Sin dinero, sin profesorado suficiente, sin futuro habida cuenta la imposibilidad de regenerar las plantillas, sin formación adecuada del profesorado joven al que se le impone, si quiere prosperar, que pague cursos varios que imparten los mismos que han creado el sistema; iniciar la carrera universitaria exige tener fortuna, pues los menos pudientes no pueden soportar los gastos de su formación. Esa agenda contempla la gestión universitaria por la clase política y la paulatina privatización de la universidad. De ahí que, con los planes elaborados, el incremento de las tasas será inevitable, sin que, paralelamente se aumenten las becas. La entrega de la universidad a la rentabilidad, a la empresa, significará un cambio en la concepción de una institución que no constituye, como predican los ideólogos de la reforma, un apéndice instrumental de la eficacia económica, porque el conocimiento es mucho más y ha de tener a la persona como referente de su actuación, al ser humano más allá de sus necesidades económicas.

Cuando la crisis ya era una realidad, la prudencia no fue la que presidió las decisiones políticas y de las autoridades académicas, que se empecinaron en mantener una reforma que nacía, de este modo, herida de muerte. Ahora es difícil dar marcha atrás, pero tan inevitable, como ineludible. La responsabilidad obliga a poner fin a lo que no pasa de ser una farsa. Todos lo sabemos, pero nadie parece darse por enterado.

No es país para el conocimiento. Carlos Delclós


Carlos Delclós,
Prof. Ciencia Política UPF

Durante las últimas dos semanas, he vivido una curiosa experiencia extracorporal, una sensación de estar viendo mi propio cuerpo físico desde el punto de vista de un observador, fuera de mí. No se trataba de una experiencia paranormal, sino de un diálogo con mis estudiantes de Estructura Social disfrazado de práctica universitaria y repetido 8 veces con 154 caras distintas, que invariablemente llegaba a una conclusión común: que España, Cataluña o donde sea que estamos, no es país para el conocimiento.

El planteamiento de la práctica fue tan cruel como relevante: una pareja catalana de 31 y 27 años con una formación de elite (Oxford, ESADE) que, a pesar de tener trabajo, está insatisfecha con su situación laboral y el futuro que intuye que les espera en el estado español. Han convocado a un comité de expertos para informarles sobre sus perspectivas en otros tres países (Japón, Estados Unidos y Alemania), mientras que otro grupo trata de convencerles de que se queden donde están.

Los estudiantes se dividieron en estos cuatro grupos, y todos coincidieron en que la opción más difícil de defender era la de quedarse. En las últimas cuatro sesiones, ya cansado de escuchar tantas veces los mismos argumentos e inspirado enteramente por un deseo de romper la formalidad del ejercicio para hablar en términos reales, durante los últimos diez minutos de mi clase, decidí lanzarles una pregunta más directa. Les pregunté cuantos de ellos se estaban planteando migrar a otro país. Un mínimo del 80% de las personas en estas clases levantó la mano. Les pregunté por qué, y las respuestas que más me impactaron fueron las siguientes tres, que dicho aunque sea de paso, no me llegaron precisamente “desde la izquierda” estudiantil:

“No estoy recibiendo una educación decente en este país. No nos enseñan a afrontar los temas desde una perspectiva crítica y analítica. Me siento rodeado de mediocridad.”

 “No siento que se estime la carrera que he escogido, y a veces siento que ni siquiera se valoraría ninguna carrera que no sea una de las de siempre: medicina, derecho, economía…”

 “[Parafraseando al chamán de la ilusión empresarial Emilio Duró] Si eres tonto, no debes intentar ser listo ni tener buenas ideas. Por mucho que lo intenten, los tontos no tienen buenas ideas. Lo que debes hacer es copiar al listo de al lado, y en este caso ese listo es Estados Unidos.”

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Ángeles Diez: Si nuestro rector es sólo un gestor ¿para qué queremos rector?


Ángeles Diez Rodríguez es profesora del Departamento de Sociología I (Cambio Social) de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

La Universidad Complutense de Madrid se organizan por la defensa de la Universidad Pública

En este país lo público está en peligro, o lo que es lo mismo, está en peligro lo que es de todos: nuestros derechos. Nuestro derecho a la salud, a la educación, a la atención de nuestros mayores… El único derecho que parecen estar dispuestos a salvaguardar nuestros gobiernos es el derecho de los bancos a seguir expoliando al sector público.

La universidad pública ha sido uno de esos campos que durante años viene sufriendo el acoso, la injerencia de las empresas, la infiltración de los bancos, la paulatina externalización de los servicios, la precarización de los trabajadores, la transferencia de recursos al sector privado, el aumento de las matrículas. Ahora parece haber llegado el momento de hacerla quebrar definitivamente. La excusa es perfecta, la crisis. El malo de la película, el déficit. La víctima propiciatoria, los empleados públicos (esos trabajadores a los que se les acusa de defender privilegios cuando defienden sus derechos laborales)

La universidad pública se ha convertido en uno de esos bocados apetitosos para el sector privado que, en momentos de crisis, busca desesperadamente ámbitos de negocio seguro. De ahí que, por ejemplo, el Plan diseñado por las universidades con el nombre Estrategia 2015, diseñe un horizonte en el que las Universidades públicas estarán gobernadas por gestores, no por académicos, y organizadas según un modelo empresarial. Desde la implantación de los nuevos grados ese Plan ha echado a andar. En cierto sentido, las resistencias de la gente para impedir que la educación sea un negocio son menores que en el campo de la salud; y todavía son menores las resistencias cuando se trata de una enseñanza no obligatoria como es la universitaria. El plan está en marcha hace tiempo pero parece que ha llegado el momento de su implantación definitiva.

Sin embargo, en estos momentos, la principal amenaza de la universidad pública no están siendo los bancos, ni las empresas, ni siquiera las Comunidades Autónomas. En estos momentos el mayor peligro son sus órganos de gobierno, rectores y Consejos de gobierno, que están dispuestos a ser buenos chicos ante sus jefes: las Comunidades autónomas que controlan sus presupuestos. Los rectores dicen que “la ley es la ley”, y se esconden en esta consigna para imponer un verdadero plan de ajustes, una reconversión universitaria en toda regla que acabará con la universidad pública tal y como la conocemos ahora. La universidad pública tiene sus problemas pero hasta ahora había sido capaz de garantizar el derecho a una educación superior de calidad a los alumnos de cualquier extracción social.

El artículo 27 punto 10 de la Constitución española reconoce la autonomía de las universidades, sin embargo, en estos momentos, son los propios rectores quienes hacen dejación de su responsabilidad de gobernar y prefieren ser meros gestores que aplican, o mejor, implantan los recortes. En las universidades de la Comunidad de Madrid, en vez de plantar cara y defender los derechos de la Comunidad universitaria buscan la vía para que nos traguemos la Ley 6/2011 de Medidas Fiscales y Administrativas de la comunidad de Madrid y el Real Decreto Ley 20/2011 de medidas urgentes en materia presupuestaria, tributaria y financiera para la corrección del déficit público.

En esta coyuntura, los sindicatos mayoritarios con implantación universitaria no parecen tener prisa por detener el derribo. Se muestran timoratos, cautos, faltos de iniciativa, incluso sorprendidos de que los gobiernos universitarios no se presten a negociación alguna. Pero los trabajadores universitarios hemos empezado a organizarnos autónomamente. No sé hasta qué punto la influencia de lo que vivimos desde el 15 de Mayo tiene que ver con esta iniciativa. Sí sé que ese espíritu de lucha, ese “no nos representan” o ese “lo llaman democracia y no lo es”, estuvo en nuestras cabezas cuando el 17 de noviembre decidimos convocarnos para hablar de lo que nos estaba pasando en la UCM. Ese día creamos la Plataforma de trabajadorxs de la UCM (Personal docente e Investigador, y personal administrativo y de servicios), es un espacio horizontal, asambleario, en el que nos organizamos según las propuestas que van surgiendo. Nos mueve la idea de que no se puede esperar más tiempo sin implicarnos en la defensa de lo que es nuestro, que no podemos seguir esperando a que sean las organizaciones tradicionales las que nos convoquen. Sabemos que defender nuestras condiciones laborales forma parte de la defensa de la universidad pública, de todxs y para todxs y que está en nuestras manos resistir.

Una de las iniciativas de esta Plataforma de Trabajadorxs de la UCM ha sido recoger firmas para avalar la presentación de una petición al Sr. Carrillo, rector de esta universidad, para que comparezca públicamente explicando a toda la comunidad universitaria en qué consiste el Plan de eficiencia que trata de implantar, para que escuche lo que los trabajadores de la universidad tienen que decirle, para que de cuenta de por qué no está cumpliendo con su programa electoral en el que afirmaba que “la comunidad universitaria era el centro de su proyecto y que contaría con ella para desarrollarlo y llevarlo acabo”. Las firmas se entregaron el día 7 a las 14 hs. en el Registro General, en un acto público que incluyó una asamblea en el vestíbulo del Rectorado. Los compañeros explicaban en la asamblea que si nuestro rector es un mero gestor ¿para qué queremos un rector? Que si no existe autonomía universitaria y lo único a que podemos aspirar es a que se nos aplique una ley de rango inferior ¿para qué elegimos a nuestros gobierno universitario? Después nos dimos cita en la manifestación contra los recortes y por la defensa de lo público que tuvo lugar por la tarde.

Los trabajadores de la UCM continuaremos promoviendo asambleas en todos los centros, animando a los compañeros a discutir, hacer propuestas y secundar movilizaciones que nos permitan recuperar la Autonomía universitaria e impedir la liquidación de nuestros derechos. En estos momentos ya hay Asambleas en los dos Campus de la Complutense, se cuenta con un blog informativo: trabajadoresucm.wordpress.com , se elabora un estudio del Plan de Eficiencia y sus consecuencias, y se está construyendo una red que nos vincule a otras universidades y a la red verde que defiende la educación pública no universitaria.

Rebelión, 10/02/12

Vicent Camp Sanchís: ¿Qué estamos haciendo en la universidad pública?


Vicente Camps Sanchís es Profesor Titular de la Universidad de Alicante.

A lo largo de las últimas semanas se han ido sucediendo una gran cantidad de noticias sobre las consecuencias de la política de recortes que se está realizando tanto desde el Estado como especialmente por parte de la Generalitat Valenciana. Es de sobra conocida la situación precaria en la que se encuentran gran cantidad de institutos y colegios de la Comunidad Valenciana. Son numerosos los centros que ya no pueden encender la calefacción, o no pueden dar el servicio de comedor, o siquiera hacer fotocopias. Parece que la Universidad está viviendo al margen de todos estos acontecimientos, sin embargo esto no es cierto, puesto que, desde hace años, las universidades valencianas están sufriendo un sistemático incumplimiento del plan de financiación y en la actualidad ni tan solo se cumple con los pagos de las mensualidades. Todo ello redunda, indefectiblemente, en el impago a proveedores, en el recorte de los presupuestos de los centros, departamentos e institutos y la inviabilidad de proyectos de investigación ya aprobados. El resultado es claro: tanto la investigación como la docencia ya están pagando las consecuencias.

Pero tan preocupante es la situación económica de la universidad como el desprestigio y crítica que está sufriendo como institución. A pesar de haber sido siempre un referente de la sociedad en materia de educación, conocimiento y progreso, la crisis nos ha demostrado que ya no somos referentes de nada: ni social ni políticamente. Nuestros gobernantes han reducido sin miramientos no solo nuestro poder adquisitivo, sino nuestro papel en la sociedad.

¿Y cómo está reaccionando la universidad? La respuesta no deja de ser triste y preocupante. No está existiendo el debate ni la autocrítica públicas en los órganos y foros naturales de discusión de la universidad: el consejo social, el consejo de gobierno, el claustro y gran parte de los consejos de departamentos y las juntas de facultad. Las pocas voces críticas que se han alzado exigiendo una mayor defensa de nuestra institución, han sido acalladas o ninguneadas. Resulta del todo incomprensible que nuestros representantes institucionales no se planten ante el ataque tan grave que está sufriendo la universidad, pero peor es que ni siquiera nosotros mismos seamos capaces de asumir nuestra responsabilidad en todo lo que está aconteciendo.

Ante esta situación, podemos tomar dos actitudes: adoptar una posición pasiva a la espera de que los acontecimientos sigan su curso, o empezar a movilizarnos y defender la enseñanza pública y, por ende, nuestra universidad. Sin lugar a dudas, estamos ante uno de los momentos más críticos a los que nos podemos enfrentar como trabajadores y profesionales de la enseñanza y la investigación, y de nosotros depende que la universidad cumpla con su finalidad principal, que no es más que dar un servicio a la sociedad. ¿O es que alguien se piensa que se puede salir de esta crisis sin la participación activa y determinante de la universidad? Empecemos de una vez por todas a luchar por la dignidad y valía de nuestra universidad. Protestemos, opinemos, critiquemos en los foros y órganos que la universidad pone a nuestra disposición y traslademos nuestro sentir y conocimiento a la sociedad. Exijamos mucho más a nuestros representantes académicos; su opinión tiene que ser nuestra opinión. Participemos más en las movilizaciones que se convocan, seamos mucho más solidarios con nuestros compañeros del resto de niveles educativos. En definitiva: acabemos con la apatía y el conformismo, que es el peor enemigo de una sociedad intelectualmente avanzada y comprometida con los valores democráticos.

Tenemos los medios y estamos capacitados, no defraudemos a quienes confían en nosotros, no nos defraudemos a nosotros mismos. De lo contrario, nuestra universidad puede entrar en un declive y desprestigio de los cuales costará mucho recuperarse.

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